Las Lomas de Lachay, otro milagro verde en el desierto

lunes, 7 de marzo de 2011




Ya había contado en un post anterior sobre LAS LOMAS y su aparición como un milagro verde en medio del extenso desierto peruano. Bueno, este es un relato sobre la primera vez que iba a ser testigo de este prodigio por ende no imaginaba lo que me esperaría. Ojalá les contagie las ganas de tomar la mochila y la carpa para ir a esta maravilla de lugar…

Habíamos salido de Lima hacia el norte chico y luego de alejarnos 105 kilómetros de la capital, durante poco más de una hora, el chofer nos avisó que habíamos llegado al sitio donde empieza el camino hacia la entrada de la Reserva Nacional Lomas de Lachay. El bus continuaría su camino hacia Huacho, más al norte.

Así que de pronto estábamos en medio del desierto y lo único que nos daba la certeza de que llegaríamos a las Lomas era un aviso pintado en azul, sobre una pared desconchada: A LAS LOMAS DE LACHAY. Un momentito, pensé, yo he leído sobre este sitio y he visto fotos impresionantes: mucho verdor, mucha neblina; no me vengan ahora con esto de estar en un desierto pedregoso donde el silencio es tal que hasta se puede sentir el veloz reptar de las lagartijas camufladas en el color arena del suelo. ¿Es que por este camino sin vida se llega a alguna parte? Ok, ok, mejor no quejarse y dejemos que el Perú nos vuelva a sorprender. Entonces vamos que no hay mejor forma de conocer este país que caminándolo.

A modo de matar el tiempo me puse a hablar con mis amigos Cesar y Renata sobre nuestros libros favoritos por lo que la marcha más pareció una bohemia velada literaria que un errar plagado de dudas. Hasta que el raudo vuelo de unas aves sobre nuestras cabezas dirigiéndose hacia el Este nos sacó de nuestra fascinación por la literatura para retomar el que sentimos por la naturaleza: si van hacía ese sitio es porque allá sí hay vida; claro, claro, no se meterían al desierto porque sí…

Al rato notamos un tímido verdor que empezaba a manifestarse en el interminable tapiz del desierto. Vaya, vaya, parece que vamos por buen camino. Seguimos en la charla y ya después de una hora el cambio es notorio. La arena cede paso a un frágil verdor y la sospecha de que se está saliendo de una dimensión estéril para sumergirse en una fértil es evidente.





Un coche apareció en el camino y usamos el lenguaje mochilero: dedo gordo levantado, apuntando hacia la nada. Se detiene y baja un señor, que viajaba con sus hijos y su perro Chepecuate, que nos dice que nos puede “jalar” pero que no tiene espacio más que para dos personas. Se acomodan Renata y Melisa, ponemos las carpas y las mochilas en la capota y allí se van. Al final resultó que el señor era yerno de una profesora de la facultad, vaya coincidencias.

A lo lejos, veíamos el camino trepar levemente y perderse en un reino de neblina. Minutos más tarde, como anfitriona de ese reino, nos recibe una alfombra de pequeñas flores amarillas. Hasta que por fin llegamos a la entrada a las lomas: un gran espacio misterioso guarecido por murallas de vaho donde ya es evidente que el desierto ha sido vencido por el verdor. Nos recibe el guardaparque y pagamos 10 soles por acampar (5 soles si sólo te quedas un día). Nos da la bienvenida muy amablemente y algunas indicaciones. Entramos y vemos, atado a una barra de metal, al pequeño Chepecuate con cara de queja; no le habían dejado entrar. La entrada con animales está prohibida.



La Reserva Nacional de Lachay tiene una extensión de 5,070 Ha. Fue creada en 1977 con la intención de restaurar y conservar la flora y fauna silvestres de este ecosistema. Además de su diversidad biológica la reserva cuenta también con restos arqueológicos de culturas precolombinas y pinturas rupestres lo cual es un buen indicador de que estos espacios fueron usados desde tiempos remotos. Últimamente aquí se ha llegado a producir (¡sin riego!), papas y plantas para el forraje. Como sabemos el verdor de las Lomas es posible gracias a la niebla y la humedad que no es sino agua en forma gaseosa.

Cosa peculiar es que pese a haber casi 900 000 Ha de Lomas en toda la costa peruana sólo sean las de Lachay las únicas protegidas legalmente. Pero felizmente ya hay iniciativas particulares que comprometen a pueblos como el de Quebrada Verde (en Lurín) en la protección de sus lomas.

La historia cuenta que hubo cerca un pueblo llamado LLACHAY (de ahí el nombre) entre Huaral y Chancay que en 1533 pasó por allí Hernando Pizarro con su gente cuando se dirigían desde Cajamarca a Pachacamac a buscar el oro prometido para el rescate del inca Atahualpa. Los occidentales denominaron a esta aldea "el pueblo de las perdices" ya que todas las casas tenían estas aves.

La Reserva tiene amplios lugares para acampar. Cuando llegamos muchos ya estaban ocupados así que decidimos ir al que está al final que es más tranquilo. Allí encontramos un amplio espacio circular con bancas y mesas, espacios para un picnic y letrinas. Y con todo esto uno puede dormir entre árboles de tara y cantar de aves. Suficiente, para qué más si ya se sabe que la felicidad es así de sencilla y sin tarjetas de crédito: árboles, amigos, la luna, un río, un vino.

Ponemos las carpas y a cocinar que el hambre apremia. Al rato unos nos fuimos a caminar mientras otros se quedaban a cuidar las carpas. Los senderos están bien señalizados y hay muchos carteles ilustrativos que te dan a conocer la importancia del lugar que estás visitando.



Es una experiencia fantástica andar entre árboles de formas retorcidas que aparecen aquí y allá y que por momentos parecen manos crispadas, desesperadas, buscando agarrarse a otros árboles más grandes, como amantes enloquecidos sosteniéndose mutuamente al caer en un insondable vacío. Los caminos continúan su dirección hacia la nada nebulosa y aparecen siluetas pétreas como seres amenazantes agazapadas tras la neblina que lo inunda todo. Todos los elementos aquí crean un mundo surreal y de alucinación.




De pronto se escucha a alguien gritar: "¡un zorro, un zorro¡" vamos raudos pero llegamos tarde, el tímido animal había sido más rápido que nosotros y la cámara de fotos ya no nos servía para nada. Ojalá podamos ver luego algún otro animal, pienso, aunque al final sólo vimos caracoles y aves como perdices y picaflores cuyos encendidos plumajes herían la opacidad del ambiente. Pero con algo más de tiempo (y claro, pericia) es posible ver pumas, guanacos, zorrinos, vizcachas y venados grises que han sido reintroducidos en esta reserva. Ya es algo tarde y debemos regresar al camping para que nuestros otros amigos puedan también disfrutar de esta caminata.




Sin darnos cuenta la neblina que dejaba traslucir una luz difusa se tiñó de negro y nos sorprendió sin las linternas en las manos. Por momentos caminé hacia la carpa con los brazos extendidos porque no veía más allá de unos metros. Más tarde llegó la segunda parte de nuestro grupo, amigas que habían llegado desde Lima hasta Chancay y desde allí habían tomado un taxi que las trajo hasta las puertas de la reserva por 50 soles.


Los guardaparques dan vueltas por toda la reserva y se cercioran de que todo esté bien. La oscuridad trae de su mano al frío  por lo que decidimos que era hora de ir a las carpas a dormir, el arrullo de la naturaleza se encargará de espantar cualquier fantasma.

Al día siguiente ya repuestos seguimos caminando por otros rincones de las lomas, siempre fascinados con la magia de su geografía casi onírica; lamentablemente no pudimos llegar hasta las pinturas rupestres. Así íbamos, empapándonos de esa paz que se siente al caminar en Lachay, guardando ese recuerdo como un cofrecito en el alma, uno que seguro abriremos cuando haya demasiada bulla a nuestro alrededor.



En la tarde desandamos el largo camino hacia la Panamericana Norte, donde nos había dejado el bus al venir de Lima el día anterior, dejando la ciudad de la niebla para caminar de nuevo sobre el erial. Una vez en la carretera toma tiempo encontrar un bus. Aparece uno que nos lleva por 5 soles hasta Chancay desde donde otro bus nos llevaría por 5 soles más a Lima.

Espero que mi deseo de contagiarte las ganas de visitar las lomas de Lachay se haya cumplido. Este sitio está cerca de la ciudad en donde siempre nos quejamos que es difícil encontrar sitios verdes y un poco de paz; pues bien toma la mochila que las lomas están esperando allí viajer@ deseos@ de ambas cosas.

Pablo

DATOS

- Los buses para ir hacia Las Lomas de Lachay se pueden tomar cerca al Parque Universitario de Lima. Deben ser los que llevan hacia Barranca o Huacho, no los que llevan a Chancay y pedirle al conductor que avise en la entrada a las Lomas. Precio de 12 a 15 soles.

- El mejor tiempo para visitar las Lomas es entre julio y octubre, siendo en mi opinión aún mejor ir en Agosto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial tu post!!!!!!!!! Gracias por todos los datos, han sido de gran ayuda. Yo estaré yendo este fin de semana, a ver que tal nos va en junio, espero encontrar el mismo verdor!

Pablo Solórzano dijo...

Muchas gracias por tu visita y tus palabras. Me place saber que soy de ayuda y espero que disfrutes mucho tu visita. Cómo me encantaría volver. A ver si en Junio estàn tan bonitas las lomas, yo creo que sí. Saludos!

Anónimo dijo...

lo malo son los baños

Pablo Solórzano dijo...

gracias por el aporte, esperemos que los encargados de este lugar se pongan las pilas para mejorar ese servicio. Saludos!

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