Mostrando entradas con la etiqueta LAGO TITICACA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LAGO TITICACA. Mostrar todas las entradas

Juli y Pomata: esplendores del barroco, abismos de la modernidad

lunes, 3 de marzo de 2014



POMATA: FELINOS Y FILOSOFOS.

Lo primero que ves al bajar de la combi que te trae desde Puno hasta POMATA no es nada barroco sino más bien uno de esos monumentos que forman parte de nuestro insufrible “patrimonio posmoderno”: un felino de tamaño gigantesco que recibe calurosamente al visitante mostrando sus nada amigables fauces. Quien puso esto, ¿se creería quizás uno de esos reyezuelos de la antigüedad que solía mandar a poner en la entrada de sus dominios unos monstruos gigantescos y atemorizadores para advertir al recién llegado? Ve tú viajero a saber todo lo que se esconde en las profundas (y no por eso llenas) capas cerebrales de nuestras autoridades edilicias. 

POMATA. PUNO - PERU.
Como bien recuerdan los improbables lectores de este blog, en una entrada anterior, en la que conté nuestra experiencia en la maravillosa península de Capachica de donde –mal que me pese- tuvimos que volver a Puno por problemas de salud, prometí seguir aportando datos sobre otros lugares interesantes que se pueden conocer en tierras puneñas. La continuación del viaje se daba ahora por algunos de los pueblos (exactamente POMATA y JULI) ubicados casi a orillas del Titicaca y en los que hay unas impresionantes iglesias barrocas.  Así que allí vamos. 

Pasado el susto del felino, nos recibió otra rimbombancia: enormes letras blancas sobre el césped que te indican la particularidad de Pomata: BALCÓN FILOSOFICO DEL ALTIPLANO. Ya. Un enorme tigre, una romántica presentación, esto se pone interesante... Entramos a la plaza y la cosa mejora. Al no ingresar los carros en el pueblo (las combis que vienen desde Puno te dejan a las afueras) hay mucha tranquilidad y silencio. Sinceramente pensé que iba a haber más construcciones antiguas pero de antigua solo había la iglesia, de la que hablaremos luego. Por ahora, lo que más me impresionó y me pareció encantador fue ver toda esa larga fila de gente de los pueblos aledaños que había venido hasta Pomata a hacer trámites. Mujeres cargando sus multicolores llicllas, protegiendo sus gastadas pieles con sus simpáticos sombreros bombín, vistiendo amplísimas faldas, cargando sus bolsas de plásticos, conversando, sonriendo, matando el tiempo en la cola con una calma y paciencia que a uno, veloz y neurótico como es, se le antoja imposible.

POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
Cerca de la plaza se encuentra la joya del pueblo: la iglesia San Santiago de Pomata. A la entrada principal llegas a través de un caminito que se abre paso en un espacio ajardinado. Por fin estoy aquí. ¡Había visto tantas veces este sitio en fotos y reportajes; había viajado tantas veces por Puno y nunca me había dado el tiempo de conocer estos pequeños pueblos con grandes iglesias! 

El color rojizo de la fachada eclesial parece llamear estimulada por la luz del sol andino. No puedo dejar de recordar la intensa rojez que vi en las ruinas de las iglesias jesuíticas de Misiones, en Argentina. Sí, jesuíticas como estás de Pomata. Es indudable que hubo una conexión sureña, una larga ruta que vendría desde Lima y no se detendría sino hasta lo que es hoy Argentina. 

Las imágenes de las fachadas son todo un muestrario de simbología e iconografía. Podrías pasarte horas allí tratando de desentrañar el misterio de los mensajes en piedra que alguien hizo hace mucho y que todavía dialogan con el visitante. Monstruos, aves con un plumaje bien definidos, seres alados que parecen estar perdidos en medio de una jungla de rica y barroca flora.

POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.
POMATA. PUNO - PERU.

En la península de Capachica : Maravilla secreta

jueves, 13 de febrero de 2014



El pequeño Christian tiene unos modales principescos. Habla pausadamente, se dirige a los mayores de usted, no dice palabrotas, y casi siempre dice “por favor”. Pero cuando toca ser niño de nuevo no para mientes y se divierte como un loco corriendo (chivateando diría mi madre) junto a sus amiguitas Jocelyn y Camila entre los campos que se encuentran a medio camino entre su escuela, ubicada cerca de la plaza de LLACHON, y su casa. El recorrido le lleva unos 40 minutos a pie. No se queja de tal esfuerzo. Él va a estudiar igual, y cuando llueve también lo hace pero toma un atajo por un camino que me señaló, allá arriba, entre las montañas desde donde el TITICACA debe verse esplendoroso. Cuando camina con nosotros mira hacia abajo y en las aguas del lago observa entusiasmado, como si fuera la primera vez que lo viera, cosas que nosotros no advertimos. Luego nos explica de qué se trata y continuamos.

Conocimos a este simpático chiquillo en la plaza de LLACHON, hasta donde habíamos llegado con la esperanza de pasar unos días en esa casi secreta península que penetra en la superficie de las profundas aguas del Titicaca, y el cual poquito a poquito ha empezado a posicionarse como la nueva, y sensacional, alternativa al turismo comunitario de las tan mentadas, y no por ello menos hermosas, islas del lago. Ya sabes, Taquile y Amantaní.  Los planes no salieron como quisimos pero eso ya lo contaré después.

LLACHON. PUNO - PERU.
        Todo había sido muy rápido. Tomamos un avión por la mañana desde Lima hasta Juliaca; en el aeropuerto de esa ciudad tomamos el servicio de transfer del señor Saira que nos llevó en su “van” hasta la terminal de combis hacia Capachica  (ver DATOS UTILES abajo). Allí tomamos la única combi que encontramos y que nos puso en poco tiempo en la entrada a la gran península (es decir en Capachica). Ya había tenido yo la oportunidad de conocer Llachón en la primera vez que hice kayak por el lago (ver aquí la entrada) pero la visita fue muy rápida pues estuve en ese sitio para subirme a un kayak, y empezar a remar hacia Taquile, pero esta vez la idea era visitar, sin apuro, todo lo posible en la península. Así que allí estábamos. (Dejo aquí un mapa para explicar la ruta)

EN LA COMBI HACIA CAPACHICA. PUNO - PERU.

La plaza de CAPACHICA es pequeña y su centro está lleno de tienditas rodantes y triciclos usados por gente que se dedican a vender cosas al por mayor. Hay una escalera multicolor que lleva a un “mirador turístico”. No vimos hoteles ni ningún teléfono público, solo una señora que vende golosinas alquila su teléfono celular; bien preciado que tiene casi toda la gente del pueblo. Tuvimos que esperar algo más de media hora hasta que apareciese una combi hacia Llachón, hay muy pocas. Lo que es más fácil encontrar son combis para Puno y Juliaca. Eso sí, nos dijeron que había taxis que te llevan a PLAYA CHIFRÓN que es una zona costera, al borde del lago cuya presencia aquí en Capachica, no se advierte por ningún sitio.

CAPACHICA. PUNO - PERU.
CAPACHICA. PUNO - PERU.
CAPACHICA. PUNO - PERU.
CAPACHICA. PUNO - PERU.
CAPACHICA. PUNO - PERU.
     En poco más de 40 minutos llegamos a LLACHON. Empezamos a buscar alguna casa hospedaje pero todos estaban en las afueras del pueblo. Yo recordaba la de la vez anterior que estuve aquí (la del señor Valentín Quispe) pero mi idea era cambiar y tener nuevas experiencias con más gente. Fui a preguntar a una tienda cuál nos recomendaban y cuando regresé a la placita encontré a Pilar conversando con Christian y sus amiguitas, quienes acababan de salir del colegio y estaban regresando a sus casas. El niño nos dijo que su madre daba hospedaje a turistas en su casa. Así que decidimos seguirle. Total, por algo estos mocosos habían aparecido en nuestro camino.

LLACHON. PUNO - PERU.
LLACHON. PUNO - PERU.

LLACHON. PUNO - PERU.

LLACHON. PUNO - PERU.

LLACHON. PUNO - PERU.

Ya dije que la andadura desde la plaza del pueblo hasta la casa de Christian lleva algo así como 40 minutos. No es mucho pero si a eso le sumas que tienes que cargar tu mochila, que hay algunas pendientes, y que estás a mucha, mucha altura, pues el esfuerzo se redobla. A medio camino apareció un carro y Christian se puso a negociar con el conductor (su “tío”, en realidad los niños se refieren a todas las personas mayores como tío o tía) para que nos llevase hasta la casa. Subimos con los enanos y llegamos. Pagamos 4 soles. Normalmente desde la plaza de Llachón hasta la casa de Christian, o un poco más allá, un coche te puede cobrar 25 soles, por lo que averiguamos.


En las islas del lago Titicaca... una vez más

viernes, 22 de julio de 2011

Luego de la aventura de cruzar en kayak el lago Titicaca (susto incluido) llegué a las islas del Titicaca a descansar y a disfrutar de un lumniso atardecer y por la noche de una luna llena que desbordaba una luz ilimitada...
En Amantaní Pueblo debíamos ir a buscar a Amadeo Cari que es el comunero en cuya casa algunos de los pasajeros de EXPLORANDES se solían hospedar. Pegamos la subida (tremenda con el peso de las mochilas) desde el puerto y llegamos a la casa. Don Amadeo se había ido a Taquile pero su esposa nos atendió. No había ningún turista hospedado ese día así que teníamos el hogar para nosotros. Esta casa es de lejos la mejor y la más cómoda que haya conocido en mis viajes a las islas. Aunque claro, la atención y el cariño con el que me atendieron fue el mismo. Tomé una habitación con vista al lago. Era una epifanía. 
Subiendo hacia Amantaní Pueblo
Comí y en la tarde nos fuimos al PACHATATA (el sitio más elevado de Amantaní desde donde se tienen unas vistas descomunales del lago) a ver el atardecer. Había muchos turistas y conversé con los amigos de Roger, también guías, que eran muy graciosos. En un momento toda la gente reunida allí se quedó en silencio cuando vimos en el poniente la luz del sol diluyéndose al otro lado del mundo; una flama con forma a crepúsculo; un fabuloso incendio desbocado en algún sitio desconocido; allí donde nuestros sueños y preguntas nos ha llevado desde que el hombre es hombre. Dentro de mí pensaba en lo mucho que tenemos y en lo poco que hemos cambiado desde que hemos empezado a poner nuestra venenosa huella en esta tierra. Hoy tenemos tanta ciudad, tanta modernidad, tanta tecnología y sin embargo seguimos siendo los mismos que hace miles y miles y miles de años se sentaban a ver un atardecer y llenaban sus almas de preguntas ilimitadas, del temor a la ausencia de respuestas.
Atardecer en el Titicaca, visto desde el Pachatata de Amantaní

En kayak por el lago navegable más alto del mundo

martes, 19 de julio de 2011

 
 Después de la aventura en HUCHUY QOSQO había que continuar el viaje. Esta vez la brújula apuntó hacia el sur; el gran lago Titicaca (uno de mis lugares preferidos en el Perú, de lejos) esperaba por mí. Así que puse la mochila a la espalda y me fui a la terminal de buses del Cuzco para continuar el viaje.


La ruta de Cuzco a Puno es una cadena de pueblos al cual más interesante. Hace un tiempo escribí sobre este trayecto y los muchos tesoros escondidos que algunas de las villas de esta zona esconden: desde iglesias coloniales con murales fantásticos hasta palacios incas de altísimas paredes. El punto más alto de esta vía es el Abra La Raya donde hay unas vistas de los nevados que son un desvarío. Desde este punto el bus se abre paso en el interminable y monótono altiplano hasta que muchas horas después aparecen unos barrios llenos de casas con paredes sin revoque que parecen cataratas de cemento que caen en picada hasta las orillas del infinito Titicaca: hemos llegado a Puno.

Abra la Raya, punto más alto del camino de Cuzco a Puno
En la estación me esperaban Demetria y Carlos, amables compañeros de trabajo encargados en Puno de la sucursal de EXPLORANDES, empresa para la que entonces trabajaba, y me llevaron al  IMPERIAL HOSTAL donde habían reservado una habitación para mí. Luego de comer caminé un poco por esta ciudad para recordar lo feliz que fui durante la FIESTA DE LA CANDELARIA. A la mañana siguiente no podía más de la emoción. Sentí una vez más esa ilusión que experimentaba de niño cuando llegaba el día en que íbamos a viajar a algún sitio con mi madre. A las 06 y 45 a.m. Carlos me recogió y me llevó al puerto de Puno donde esperamos al grupo de turistas de EXPLORANDES a quienes me uniría para cruzar en kayak una parte de ese país de agua llamado TITICACA. Allí conocí a ROGER, quien sería el guía. Por fin, pasadas las ocho de la mañana nuestra lancha dejaba Puno y se adentraba en el lago mientras que en medio del celeste infinito del cielo serrano se veía al sol como una antorcha y alrededor de su llama salió un arco iris redondo que parecía tenerlo prisionero. 


Arco iris alrededor del sol

Llegamos a las 09 y 20 a.m. al pequeño puerto de LLACHON, que es una comunidad que se encuentra casi en el extremo de la península de CAPACHICA. Allí nos recibió Valentín Quispe hombre humilde y amable que mira y habla con esa sencillez y esa tranquilidad de quien se acompaña cada día, cada hora, de la paz que rumorea en las orillas de lago. Es bueno saber que el dueño de esos gestos suaves es uno de los protagonistas de una de las mejores iniciativas del turismo peruano. En 1996 la comunidad en pleno decidió crear un PROYECTO DE TURISMO RURAL SOSTENIBLE y así atraer a los turistas a quienes veían irse a las islas del lago. Al principio era muy poco lo que recibían y Valentín tuvo que ir de agencia en agencia ofreciendo los servicios de su comunidad hasta que la empresa EXPLORANDES decidió trabajar con ellos y les proveyó de una buena cantidad de KAYAKS y de esta mutua asociación nació una de las mejores experiencias viajeras del Perú: TITI KAYAK. 
Acercándonos a LLachón
Pequeño embarcadero de LLachón

LAGO TITICACA: AGUA DE LOS SUEÑOS

domingo, 6 de febrero de 2011

En el post anterior conté sobre mi experiencia en la impresionante FIESTA DE LA CANDELARIA, en la ciudad de Puno, luego de haber estado allí participando de la tan famosa celebración el viaje debía continuar a uno de los lugares más bellos que haya visto jamás...

Al día siguiente, martes, nos despertamos muy temprano pues debíamos estar en el puerto de Puno para tomar el bote que nos llevaría hacia las islas de los Uros, Amantaní y Taquile. Era hora de dejar la diversión desenfrenada para pasar a buscar el contacto directo con la gente nativa; para ir a reencontrarse con la naturaleza en uno de los lugares más espectaculares del planeta.

Hicimos las maletas y dejamos las más pesadas en la bodega del hotel. Una vez más desayunamos en el mercado. A las 06:30 am nos fuimos en una “combi” hacia el puerto. Un lugar grande y limpio; lo que está sucio, lamentablemente, son las orillas de lago: cubiertos por una manta verde a la que algunos llama “alverja”. Tomamos el bote que nos llevaría por ese mar interior que es el Titikaka, el lago navegable más alto del mundo (3808 m.s.n.m.), con una extensión de 8,300 km2.; que tiene 50 kilómetros promedio de ancho y una longitud de 195 kilómetros.

Íbamos a hacer la clásica visita a las islas. En Amantaní, previo paso por la isla de los Uros, nos iban a recibir en sus casas los pobladores por lo que tuvimos que comprar algunas cosas en el puerto para regalarles. La mayoría de veces se compra comida y es algo que se recomienda hacer pues es parte de una tradición, ellos saben agradecerlo y muy bien.


Extasiados contemplábamos los paisajes de ensueño que nos prodigaba el lago. Comprendí lo importante que fue para el hombre andino este lugar, tanto que la eligió en su cosmovisión como el punto de origen de su gran cultura; aunque claro, hay otros lagos en la sierra del Perú a los que muchos pueblos consideran su punto de origen también. Las lagunas, como las montañas, son consideradas huacas sagradas en la mitología andina. Pero además, el valor económico y comercial del lago es algo que se aprecia cuando se ven a los nativos de las islas ir hacia Puno a comercializar lo que obtienen al explotar la riqueza natural del Titicaca: peces, ranas y variedades de plantas.

Luego de una hora de viaje llegamos a una de las islas de los Uros. En la época de la colonia se definía “Uro” a todo aquel poblador muy pobre y que por lo mismo se veía obligado a vivir entre los matorrales del lago. Así se acostumbraron a vivir y a hacer de la totora su principal fuente de vida pues con ella, hasta ahora, construyen sus casas y se alimentan. Se dice que los pobladores de estas islas ya no son Uros originales sino Collas que se han ido a vivir a esos sitios aprovechando las bondades del turismo, sea como fuere hoy el nivel de vida de los Uros (o quienes sean) ha mejorado pues ya tienen escuelas y hasta pude ver algunos paneles solares entre sus chozas. Se dedican a la pesca, la agricultura y al comercio de artesanías. Las personas en la isla fueron muy amables y hasta jugaron un partido de voleyball con algunos de nosotros. Una señora me invito a comer totora: su sabor es soportable, no es ni desagradable ni delicioso. Hay que caminar con cuidado puesto uno se hunde y se balancea a cada paso, como si se estuviera ebrio. Algunos viajeros europeos me dijeron que esta experiencia (la de caminar sobre una isla flotante habitada) es algo que no lo habían visto en ninguna parte de planeta. Por lo que si uno quiere tener una experiencia única no hay que perderse la vista al gran Lago.








Luego nos llevaron en un gran bote hecho de redes de totora y que tenía en la proa una imagen como de los barcos vikingos, a una isla más grande donde pudimos entrar en un museo en la que vimos algunos animales disecados de la isla y los utensilios que usan en su diario vivir. Le dimos una propina al “capitán” y a una linda nena que se la pasó haciendo trenzas a las chicas.


 
AMANTANI

Volvimos a subir al bote para continuar viaje hacia la preciosa Amantaní, a la que llegamos luego de unas 3 horas de viaje. Los comuneros nos recibieron y nos ayudaron a subir por unas escaleras hasta una pequeña pampa donde nos presentamos. Era bello ver esas sonrisas tímidas y amistosas. Habló el jefe de la comunidad, nos dio la bienvenida y empezó la elección de la “familia”. Esto consiste en que cada familia manda un representante para recibir a los visitantes. Luego ese representante debe escoger a dos personas para alojarlos. 

A mi amiga Eliana y a mí nos acogió Luz Marina, una joven atenta, alegre y amigable quien nos condujo a su casa. Así nos dividimos todo el grupo y nos repartimos en tremenda isla. Por fin llegamos a la casa. Era muy bonita, de dos pisos con un huerto precioso que despedía un olor de ensueño, sumado a esto que tenía una vista inimaginable del lago, qué más se podía pedir. Uno piensa que el paraíso es un invento pero yo creo que es real y que es posible que esté en cualquier pueblo a la orilla del Titicaca. Luz nos presentó a su bebe y a su madre, tan amables como la chiquilla. Es decir, en mi familia iba a imponerse el matriarcado. Todas eran mujeres. Nos sonrieron dulcemente. Habría que ver si esta sonrisa la encontramos en la capital.


El cuarto era limpio, espacioso y con dos camas bien provistas de gruesas colchas. Desde las ventanas se podía ver el corral que estaba en el primer piso, lleno de animales; y volutas de humo que ascendía hasta nuestra ventana esparciendo el olor delicado de la leña. El plan era que a la 1 de la tarde todo el grupo de visitantes se reúna en el Estadio del pueblo, así que después de un delicioso almuerzo que nos sirvió puntualmente Luz, nos fuimos guiados por nuestra “pariente”. Las vistas desde el Estadio son descomunales, no resisten adjetivo, epíteto alguno. Hay que estar allí para entenderlo.



En el Estadio nos encontramos con los demás y ya reunidos nos fuimos en grupo hacia unas ruinas (el Pachatata) que están en la parte alta de la isla. La subida no es muy pesada, al contrario vale la pena porque desde allí se ve la parte posterior de la isla y uno puede extasiarse ante tremenda vista. Las palabras están de más. En estas ruinas los “Yatiris” (curanderos puneños) hacen una ceremonia en fechas especiales.



La visita a la isla incluye una noche de fiesta en el local comunal. Por eso a las 07 pm, Luz Marina subió a nuestra habitación para darnos la ropa con la que debíamos ir vestidos a la fiesta. Los hombres deben vestir “chullos” (gorra andina) y poncho y las chicas tienen que vestirse como las mujeres de las islas. Se les veían muy lindas con esas blusas adornadas de flores multicolores. Una vez vestidos, nuestra “pariente” nos llevó hacia la fiesta. Estaba lloviendo desde la tarde y los rayos aparecían de vez en cuando para llenar de una luz salvaje toda la oscuridad de la isla. La comunidad en la que estábamos no contaba con electricidad lo cual le dio a la estadía un sabor algo más “auténtico”, así nos alejaríamos un poco de tanta modernidad asfixiante.



Luz Marina se abría paso entre las sombras, sorprendentemente. Conocía el camino de memoria. Yo no hubiera llegado ni a la casa contigua. Llegamos al Local Comunal y algunos amigos ya habían llegado. La fiesta se ameniza con una orquesta de muchachos del lugar y las jovencitas suelen ser las más animadas porque son las que tienen la iniciativa para salir a bailar. Hicimos rondas, “trencito”, todos los pasos inimaginables. Se venden cerveza y bebidas pero a precio más caro. Con todo fue una noche maravillosa, definitivamente maravillosa e inolvidable.

Al día siguiente Luz Marina nos llevó el desayuno muy temprano. Abrí la puerta de la habitación para que Eliana y yo comamos viendo el lago. Le dije “Y pensar que en Grecia pagan millonadas por una vista como esta”… La puerta enmarcaba un pedazo del lago, que se extendía hasta el horizonte, sin fin. Un gallo cantaba a lo lejos, el delicado olor de la tierra aún húmeda después de una noche de lluvias llegaba desde algún lugar. Una balsa navegaba mansamente cerca de la orilla y los verdísimos andenes, donde la gente todavía cultiva sus productos, caían hasta el lago como una catarata salvaje. No era necesario hablar, ni tratar de explicar lo que se sentía, solo mirarse, solo experimentar y grabarse en el alma esa sensación indescriptible de paz inigualable, de tranquilidad irrepetible. Luz Marina nos llevó hasta el puerto y nos subimos a nuestra pequeña embarcación para continuar viaje ahora a la isla de Taquile.

TAQUILE

Taquile, que se encuentra en la parte aymara del lago pero que es habitada por gente que habla quechua, es una isla donde el sentido de comunidad y pertenencia está muy bien arraigada. Este sentido de grupo es con el que se gobierna, se comercia, se produce.

Una hora después de dejar la hermosa Amantaní llegamos al puerto de Taquile donde se lleva a cabo la experiencia más antigua de turismo comunitario en los andes. La gente también puede quedarse a dormir y a vivir con la gente por un día pero en mi opinión es Amataní un lugar más ideal para esto ya que aún no se siente allí la presencia constante (e inevitable) del turismo, al menos no en la escala en la que se da en Taquile.

Empezamos la subida hacia la plaza. Es un camino que lleva una media hora de recorrido (para otros más) ya que el camino asciende por las laderas de un cerro. Mientras tanto, en el trayecto uno se cruza con los taquileños vistiendo esas ropas tan originales y distintas a todo lo que he visto y con casas hechas de adobe y adornadas casi siempre con pequeños jardines pletóricos en rosas y arbustos. La entrada a la plaza es por un arco antiguo hecho de piedra que se ubica al lado de la Municipalidad. Luego nos recibe un feo edificio de lunas polarizadas; antojadizo delirio de modernidad a la que son afectos algunas autoridades de provincias.


La plaza es amplia y allí nos encontramos con otro grupo de turistas, a decir verdad, a mucha gente le parece que el turismo aquí es excesivo (50 mil visitantes por año, aproximadamente), para otros la cosa no es tan complicada. Los carnavales se celebran en todo el ande y Taquile no podía ser la excepción. Desde muchos sitios de la isla nos llegaban los sonidos de los sikuris, de los bombos, las zampoñas y los coehetes. A lo lejos, sobre los cerros, veríamos un grupo de danzantes bajar hacia la plaza. Por otra ladera vimos a otro grupo yéndose hacia otras partes de la isla. La isla estaba de fiesta. Contagiados por la celebración mis amigos y yo sacamos nuestras quenas, timbales, sonajas y todo aquello que hiciera bulla y nos pusimos a hacer “música” en la plaza también… perdón, hicimos “ruidismo”. Cantamos huaynos, bailamos, alguno sacó un balde con agua y mojó a una de las chicas. ¡Carnaval!





Entramos al “Local Comunal” donde se vende aquello que ha hecho famoso a esta isla: sus asombrosos tejidos. Toda la población se dedica al arte textil. Los niños empiezan a aprender los rudimentos de este arte desde los cuatro años y hasta antes. No es raro verlos jugar por la plaza mientras cargan las ruecas. Este aprendizaje temprano hace que cuando lleguen a la adultez puedan demostrar la maestría con la que se han hecho famosos a nivel internacional. Tal es así que el arte textil taquileño ha sido considerado, el 2005, como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Algunas prendas, como los chullos, sirven para expresar ciertas características de quienes lo portan. Por ejemplo, un chullo con la punta blanca indica que la persona es soltera o un chullo con orejeras avisa que el portador es una autoridad.

En el “Local Comunal” pudimos comprar chuspas (bolsas andinas), chalinas, chumpis (fajas) y hasta chullos. Cada pieza tiene inserta un papelito cuyo número pertenece a la familia que la ha hecho, por eso cuando uno compra una de estas cosas tiene la seguridad de que lo que ha pagado llegará a las manos de la misma familia. Aquí no existe intermediario alguno. Todo es para y por la comunidad.

Luego subimos al techo del local y desde allí tuvimos otras vistas muy bellas del lago. El hambre pintó, hay buenos restaurantes en la misma plaza pero como no teníamos mucho dinero caminamos por allí para ver qué encontrábamos. Por fin, pude conocer a una señora que vendía “anticucho de alpaca”: pedazos de carne de alpaca cocinados sobre una parrilla, incrustados en palitos de carrizo o de metal. Bien servido con una papa del tamaño de mi cabeza. Delicioso y baratísimo.



Esa noche volvimos a Puno donde nos quedaríamos a dormir una noche más y al día siguiente tomamos un bus ORMEÑO que venía desde La Paz. En verdad el bus estaba medio vacío y como vieron que éramos un grupo grande nos hicieron un buen precio y nos permitieron subir a completar los sitios que faltaban. Así que el viaje de regreso lo hicimos en un solo bus y con muy buenos servicios.

Y ahí vamos, cada vez que nos reunimos con mis amigos recordamos ese viaje como uno de los mejores. Cada experiencia, cada risa, cada ocurrencia la tenemos bien grabada en la memoria y la recordamos con cariño. Lo único que no podemos hacer es tratar de explicar la belleza del lago, en esos momentos, reina el silencio. Y es que en verdad, no hay palabras para definir este país de agua guarecida en la hermosa planicie puneña, sinceramente, no las hay.

Pablo
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...