Hasta pronto

martes, 28 de julio de 2015

Estimados improbables lectores:

Esta pequeña entrada es para informarles que debo abandonar este blog. Posiblemente será así hasta Noviembre o Diciembre de este año, o algo más. Exigencias académicas “exclusivas y excluyentes” y algunos grandes cambios en mi vida (una mudanza a un nuevo país, por ejemplo) me dejan apenas poco tiempo (y ánimo) para recabar información o escribir sobre los lugares en los que vivo, conozco o viajo.

Me siento extraño, porque aunque ha habido épocas en que dejé de escribir por mucho tiempo, en realidad nunca “dejé de escribir” para el blog: tenía apuntes, juntaba ideas, relataba mentalmente lo que veía, en fin, mil cosas que sabía que en un momento u otro terminaría por garabatear aquí. Pero esta vez ya no tendré mucho tiempo ni fuerza para volver a hacer esas cosas, por lo que creo que es bueno que deje de lado por un tiempo a “la brújula del azar” y poder terminar bien aquello en lo que estoy metido, y aprender de la mejor manera todas las nuevas cosas que demandan ahora toda mi atención.

Eso sí, en mi cuenta de twitter trataré de poner algunas fotos de los sitios que visito en Alemania, retuitear algunas cosas que me parecen interesantes, y comentar (es más fácil cuando se te exige sólo 140 caracteres, ya se sabe) otras tantas. Tampoco quiere decir que no pueda escribir un artículo periodístico por lo que si algún bondadoso editor está a la caza de algún escrito viajero pues por aquí estoy. Además de todo ello, trataré de responder las preguntas que se me hagan sobre los lugares que he visitado y sobre los que he escrito aquí. Así que escriban que estaré atento.

Me voy recordando lo que escribió el maestro Cerati: “poder decir adiós es crecer”.

Pues eso. Nos vemos en la carretera.



Pablo

Tras los pasos de Los Beatles en Londres

jueves, 2 de julio de 2015

Cuando viví en Londres me fui a ver los estudios Abbey Road a modo de estar en un lugar en el que los cuatro fantásticos estuvieron. Fue una gran experiencia. Sobre todo cruzar el tan famoso paso de cebra. Pero, claro, la visita se limitó a un solo sitio. Me prometí que la próxima vez que volviera a Londres tendría que estar en más lugares “beatle”. Cumplí mi promesa hace unas semanas cuando estuve por allí y me “inventé” una ruta que me permitiera ir tras los pasos de los genios de Liverpool. Aquí va lo que encontré.

1. National Portrait Gallery

No es exactamente un lugar “beatle”. O quizás sí. No creo que los músicos no hayan pasado alguna vez por Trafalgar Square o por delante de la puerta de esta galería. Y si no lo hicieron, su presencia se deja sentir pues dentro podrás ver, entre otras muchas fotografías, las de los Beatles. Por lo que recomiendo ir para ver en directo las imágenes de estos muchachos.

Foto de http://www.npg.org.uk/

2. Savile Row

Desde la galería hay unos 10 minutos caminando hasta Piccadilly Circus. Desde allí hay que tomar Regent´s Street puesto que detrás de esta calle se ubica Savile Row.



Esta larga y tranquila calle, que hoy está lleno de elegantes sastrerías, es un lugar mítico en la cartografía emocional “beatle” ya que en el edificio número 3 (que en su momento era la sede de Apple), el 30 de enero de 1969, los Beatles la “armaron” cuando se les ocurrió subir a la azotea y regalar a los mortales una especie de concierto, que, hasta donde sé, fue el último… si consideramos a ello un concierto, stricto sensu.  



Cross Bones Graveyard de Londres: el cementerio de los marginados

martes, 23 de junio de 2015

Es una calle larga y estrecha. La típica en la que parece no pasar nunca nada, por lo silenciosa. Aunque se encuentra a minutos de avenidas bulliciosas, Borough Market, por ejemplo. Tiene, eso sí, un no sé qué ominoso, secreto. Se llama Redcross way. Si caminaras por allí por pura casualidad y de pronto te encontraras con ese largo enrejado, del que penden cintas, pitas, fotos, muñecos, peluches, y demás parafernalia que usamos para perennizar la memoria de gente que ya no está, te sorprendería. Y mucho.

Cross bones Graveyard - Londres.
Seguramente dirás: una más de esas cosas locas y casi secretas (para el foráneo) que se puede encontrar en un lugar como Londres. Pero no es tanto así. Sobre todo si caes en la cuenta que esa especie de memorial en realidad está puesto allí para recordar a las prostitutas y bebés de época medieval que al estar en pecado fueron enterrados en esta especie de cementerio no consagrado (es por eso que le llaman el camposanto de los “outcast” o marginados).

Cross bones Graveyard - Londres.


Cross bones Graveyard - Londres.

Cross bones Graveyard - Londres.
En aquel tiempo esta zona era una especie de “territorio comanche” adonde se venía a hacer todo aquello que no se podía en la ciudad: vivir sin control, más o menos como hacen hoy los angelicales inglesitos cuando se van a Magaluf. Pero estas tierras, claro, tenían dueño: el obispado de Winchester. Que puntualmente cobraba a los arrendatarios de los locales más salvajes y picantes del lugar. La vida principesca de los padrecitos alguien las tiene que mantener, claro. Ya sabes, pon una vela a dios y otra…

Así, todas las prostitutas que atendían a los caballeros que iban por la zona eran enterradas allí mismo. Lejos de la venerable ciudad de Londres, aunque este lugar sea hoy casi el mismo corazón de la ciudad. Ironías del destino. El nombre, sin embargo, le fue dado a este cementerio en el siglo XIX, momento en que ya no pudo recibir más muertos y entonces cerró.

Cross bones Graveyard - Londres.
Cross bones Graveyard - Londres.

Jardines secretos de Londres

martes, 2 de junio de 2015

A veces Londres te puede agobiar con tanta maquinaria construyendo y destruyendo. Con tanto concreto removido. Con tanta torre elevándose más y más. Pero mucho de ese agobio se te va cuando de pronto, caminando por algún recoveco, alguna callejuela, aparece un parquecito, un jardín secreto, un lugar en el que te solazas rodeado de plantas y fuentes. Los londinenses parecen saber muy bien de eso, y por tal razón le dan tanta importancia a sus jardines (públicos y privados) y parques. Es un clásico visitar los hermosos e interminables áreas verdes que se expanden por todo el centro de Londres. De hecho he escrito sobre ellos en un recorrido que hice tratando de unirlos a todos en un circuito: Desde Holland Park hasta St. JamesPark, pasando por Kensington Gardens y Hyde Park. Además de ellos están los bellos Kew Gardens y el inmenso Richmond Park que me trae gratos recuerdos pues vivía muy cerca de allí y era una alegría tremenda caminar por tan bella zona.

Pues bien, esta última vez que estuve por Londres (hace pocos días) me animé a visitar otros parques y jardines, unos más secretos, menos conocidos, y que sin embargo son también bellos y, sobre todo, te proveen esa sensación de paz y descanso que el caminante urbano muchas veces busca para recargarse de energía. Ojo, hay mil más, esto es solo un pequeño aporte. Aquí va una lista de mis recomendaciones que espero les sirva para cuando vayan por la capital británica.

1) Saint Dunstan in the east church garden: paz en medio de la City.

Muy cerca del río y de una zona tan masificada como la Torre de Londres, este parquecito aparece en medio de las tripas de la City como un inesperado remanso de paz. En realidad el parque se ha creado en medio de las ruinas de la iglesia de Saint Dunstan, que estuvo allí desde hace mucho y fue reconstruida por C. Wren  después del terrible incendio de 1666. De ese diseño solo quedó la torre, porque volvió a ser reconstruido en 1817 y no aguantó más tras los bombardeos de 1941. A finales de los 60 del siglo pasado se decidió (una genialidad) convertirlo en jardín. Así que cuando caminas mirando como las ramas y plantas se cuelgan a través de ventanas puntiagudas, o encuentras una fuente en medio de lo que debió haber sido la nave central, no puedes dejar de pensar en cómo se habría visto este sitio hace cientos de años.






2) Bunhill Fields: el cementerio de los inconformistas.

Es un parque pero fue en un inicio un vertedero de cadáveres que se traían del Charnel House de St. Paul, luego se convirtió en cementerio no oficial, por lo que los enterrados allí no podían estar seguros de estar en “tierra santa”: pese a su pequeñez se calcula que se enterraron aquí a unos  123 000 mil cuerpos hasta el cierre del camposanto, en 1854. Daniel Defoe, cuyos restos están sepultados en este lugar, comentó en su “El año de la peste” que aquí se traían a la mayoría de muertos por tal calamidad. Coverley indica que el sitio era uno de los favoritos para los “ladrones de cuerpos” que los ofrecían a las escuelas de medicinas, motivo por el cual se puso una puerta con puntas para protegerlos.





Aparte de Defoe, otros célebres personajes que están enterrados aquí son el genial, excéntrico y rebelde William Blake, además de John Bunyan quien debido a sus creencias y por dedicarse a viajar predicando estuvo en prisión mientras escribía su “Pilgrim´s Progress”, libro escrito en inglés que es el más traducido después de la Biblia. El hecho de contar con los restos de personas tan contestatarias hizo que el siglo XIX el poeta Robert Southey bautizara a este sitio como el  “Campo Santo of the dissenters”, es decir los inconformistas o los discrepantes. Sólo se puede tener acceso directo a las tumbas de estos tres hombres pues las demás están protegidas por unas barras de metal.




Leyendo ahora Lights out for the Territory del estupendo escritor Iain Sinclair (¡me compré el libro en el Museo de Londres!), encuentro en la página 34 una frase que encaja muy bien con esto. Es bastante enigmática (¡qué no lo es en Sinclair!):

“The triangle of concentration. A sense of this and all the other triangulations of the city: Blake, Bunyan, Defoe, the dissenting monuments in Bunhill Fields. Everything I believe in, everything London can do to you, starts here.”

Le dejo un vídeo muy bueno en el que el mismo Sinclair aparece hablando sobre Blake mientras que visita su tumba. Imperdible.




Escrituras nómades: El Perú a toda costa de Ricardo Espinosa

jueves, 21 de mayo de 2015

Pocas veces en mi vida he querido apasionadamente imitar a alguien como cuando me enteré lo que estaba haciendo, hace ya poco menos de 20 años, Ricardo Espinosa. Era el muy caluroso verano del 97 -¿o 98?- cuando vi un reportaje en la televisión en la que se hablaba sobre “El Caminante”. Sé que ambas cosas (salir en la televisión y haber recibido ese sobrenombre) han sido muy del pesar de Ricardo puesto que es un hombre reservado, que parece vivir al margen del bullicio en el que enloquecemos el resto.


Allí lo vi, en esa pantalla, con esa larga barba y su pronunciada delgadez que le daba una pinta de místico, de poeta enloquecido por la ebriedad del viaje. Y cuando me enteré que sus planes eran recorrer a pie toda la costa peruana me volví loco, quise hacer alguna vez en mi vida algo como eso, ir por los caminos del Perú o del mundo valiéndome de mi propio esfuerzo. Y es que era algo que siempre soñaba cuando viajaba hacia la sierra peruana con mi madre: veía desde el bus todos esos paisajes agrestes y pensaba en la increíble aventura que sería estar caminando por los Andes, por esos sitios alejados de la ciudad, dependiendo sólo de mis pies.

Por eso cuando vi a Espinosa el fuego de la aventura volvió a encenderse pues era como si alguien más estuviese llevando a cabo mis anhelos y diciéndome sin saberlo: ¡Vamos hombre, vive tú también tus sueños, no necesitas nada, sólo valor y dos piernas que te llevan hasta donde siempre has soñado! Entonces quedé hechizado por la proeza del personaje. En un país como el Perú en donde la excentricidad no se perdona, en donde lo diferente es casi siempre considerado como una tara, aparecía este hombre que uno imagina solo en países como Inglaterra o Francia: ¡un caminante! ¡Alguien así en un país en cuya capital la gente es capaz de tomar el bus por ahorrarse 3 calles! (lo he visto, mil veces).




Así que desde ese momento estuve pendiente de sus andanzas, mirando como loco la televisión para enterarme de sus aventuras. Deseando que le fuera bien. ¿Cómo sería caminar por esas playas peruanas, mirando todos los días la espuma del mar sin límites reventar a tus pies? ¿Oír el bullicio de los pájaros marinos, sentir que te abrías camino por la arena de tantas playas?  ¡Eso debía ser sensacional!

Luego me enteré que Ricardo publicaría un libro y apenas salió junté con esfuerzo varias propinas y me compré el libro: El Perú a Toda Costa. Por fin lo tenía. Y lo leí con placer. No es un libro de viajes al uso, de hecho se diría casi el 90% por ciento de él no es sino una especie de catálogo de todas y cada una de las playas que tenemos en la costa peruana, y es una información preciosa: yo me llevé el libro a mi primer mochileo desde Trujillo (en Perú) hasta Guayaquil y se notaba el trabajo disciplinado y correcto que había llevado a cabo el viajero caminante. Pero donde está la parte más interesante (para mí) es en su diario de viajes. Un puñado de páginas puestos al final del libro que son oro puro. No sólo por lo que cuenta sino también por cómo lo cuenta.

De modo tal que nos enteramos de todas sus aventuras con un estilo fresco, irónico, con brochazos de humor que te sonsacan una sonrisa cómplice. El autor nos relata sus inolvidables aventuras pero sin aspavientos ni ansias de hacerse pasar por un personaje único. Si casi parece que te lo estuviera contando directamente. Imposible olvidar esos aterradores gritos que oyó en medio de la noche, mientras acampaba en una playa; las casas en ruinas o huecos en los que se metía a dormir; la marea crecida que en una noche tremenda se lleva por delante todo su austero equipo y que tiene que recuperar ayudándose de la débil luz de una linterna; los momentos en que gente de mal vivir le miraban con ansias de robarle; el hombre que le confunden con “el loco calato” que andaba por los cerros de una playa; y aquel momento en que en la costa de Arequipa se encuentra con una familia cuya piel estaba tan teñida por el carbón que recogían que sólo se les notaban la sonrisa. En fin, un Perú poco conocido, distinto, contando por un viajero curioso, sencillo, que ama estar así, solo pero bien acompañado de la naturaleza. Pero de lo que menos me olvidaré es de las muchas personas que en el camino le ayudan de una u otra forma. Es ese Perú que me gusta, que adoro ver, y que muchas veces, apesadumbrados por los noticieros de la mañana, olvidamos que existe.




El Caminante, perdón, Ricardo Espinosa, continuó luego con otro viaje a pie por el gran Camino Inca y publicó un libro sobre ello. Como se ve es un andante incorregible. Me gustaría conocerlo. Sólo he encontrado un vídeo en el que hace una breve entrevista. Simplemente viajó, hizo algo tan excepcional en cuanto a experiencia viajera en el Perú, y como un Rimbaud de la mochila, desapareció. Me han contado que ahora el hombre vive retirado en un pueblito de la sierra peruana, dedicándose a la agricultura orgánica. En contacto como siempre con la naturaleza. Y seguro que por allí hace sus escapadas y sus pies siguen llevándole hasta donde él sueña.

Pablo.

Un peruano callejeando en Núremberg

domingo, 12 de abril de 2015

Ya. Me dirás con razón que NÚREMBERG (o Nürnberg) es más que un recorrido en línea recta (casi una calle larga) desde el BAHNHOFSPLATZ hasta las murallas del gran CASTILLO IMPERIAL. Pero también me entenderás que a falta de tiempo y dinero uno tiene que arreglárselas para ver lo que humildemente puede. Además, con solo conocer ese recorrido que ahora mismo detallaré uno se queda encantado, y es que ¡pedazo de ciudad! Una más que te da la sensación de subirte a la máquina del tiempo (perdonen el tópico, aunque la ciudad está bastante reconstruida por que le dieron duro los aliados) que te lleva hasta esos días en que este lugar fue uno de los centros más importantes del renacimiento transalpino.



mí me sonaba desde que era un adolescente que leía el periódico deportivo con fervor: me enteré que un peruano (Olivares) iba a jugar en el equipo de la ciudad así que me fui al mapamundi a ver dónde quedaba el dicho sitio. Era algo que siempre hacía: veía la tabla de posiciones de las ligas europeas y me iba al mapamundi a saber la ubicación de tal o cual lugar: puedo decir que muchos de mis conocimientos “geográficos” se los debo al fútbol. Ya estoy viendo el mohín en tu cara, así que para rebajar el escándalo te confieso que no sólo leía entonces “El Bocón”, sino también libros de historia, así que también sabía lo de los juicios a los nazis que se llevaron a cabo en esta ciudad.

Pues bien, salimos desde MÚNICH en tren. Compramos el BAYERN TICKET que cuesta 23 euros para una persona, si alguien más quiere ir debe añadir 4 euros, y sólo  pueden viajar hasta cinco personas con el mismo ticket. Nosotros tomamos el tren de las 09 de la mañana porque se demora menos (hace una sola parada), sino hay que ir en el rápido que es muy caro. No hay que olvidar poner los nombres de todas las personas en el ticket y no perderlo porque sube un controlador (que aparentemente no habla más que alemán), además se lo debe utilizar para el regreso. 


Bajamos del tren y pusimos pie en Núremberg: apenas sales de la estación te encontrarás con la larga KÖNIGSTRASSE que es por donde caminaremos y que tiene la pinta de ser la típica calle alemana de ciudad medieval: ordenadísima, bonita, en la que andan muchas bicicletas y gente que no ríe con efusión. Al fondo de la calle sobresalen las dos torres de la IGLESIA DE SAN LORENZO, pero antes nos distraemos con la MAUTHALLE (antigua aduana) y, detrás de este edificio, una especie de palacete con llamativas cúpulas de bulbo que es la ANTIGUA ARMERÍA







Hasta que los pies nos llevan a la  PLAZA DE SAN LORENZO y allí está la iglesia del mismo nombre con sus dos torres que vistos desde abajo te parecen dos cohetes de Cabo Cañaveral esperando la orden para irse a los cielos. Un joyón. Por fuera toda un laberinto de esculturas que dicen cosas a los que quieren entenderles. Y dentro esculturas, retablos y esos vitrales que dejan pasar una luz sosegada y te hace disfrutar de esa “mística de la luz” que escribía María Bolaños.








La poesía del viaje : Lin Yutang

martes, 10 de marzo de 2015

En primer lugar, el verdadero motivo debe ser el de viajar para perderse y ser desconocido. Más poéticamente, podríamos decir que es el de viajar para olvidar. Todos son muy respetables en su lugar natal, piensen lo que piense de ellos en los círculos sociales más elevados. Están atados allí por una serie de convenciones, reglas, costumbres y deberes.

[...]

El verdadero viajero es siempre un vagabundo, con las alegrías, las tentaciones y el sentido e aventura que tiene el vagabundo. Viajar es “vagabundear” o no es viajar. La esencia del viaje es no tener deberes, ni horas fijas, ni correspondencia, ni vecinos inquisidores, ni comisiones de recepción, ni destino fijo. Un buen viajero es el que no sabe adónde va, y un viajero perfecto es el que no sabe de dónde viene.

[...]

Viajamos sin destino y nos detenemos donde nos encontremos, y marchamos muy lentamente, acaso diez li por día, acaso veinte, o quizá treinta, cuarenta, cincuenta. No tratamos de hacer mucho, para no fatigarnos. Y cuando llegamos a montañas y arroyos, y nos encantan los manantiales, las blancas peñas, las aves acuáticas y los pájaros de la montaña, escogemos un lugar en una isleta del río y nos sentamos en una peña, y miramos a la distancia. Y cuando nos encontramos con leñadores o pescadores o aldeanos o rústicos ancianos, no les preguntamos nombres y apellidos, ni damos los nuestros, ni hablamos del tiempo, sino que conversamos brevemente de los encantos de la vida campestre.

[...]




La vía láctea parece rozarme el cuello, blancas nubes pasan por las mangas, las águilas del aire vuelan al alcance de la mano, y el sol y la luna me acarician las sienes y siguen de largo. Y allí tengo que hablar en voz baja, no sólo por temor a asustar al espíritu de la montaña, sino para que no me escuche Dios en Su trono. Por encima tenemos el puro firmamento, sin una mácula de polvo en esa vasta extensión de espacio, y por debajo la lluvia y el trueno y la tormentosa oscuridad ocurren sin nuestro conocimiento, y el eco del trueno se oye como el gorgoteo de un niño. En este momento mi vista está deslumbrada por la luz y mi espíritu parece volar allende los límites del espacio, y tengo la sensación de ir cabalgando en vientos que me llevan muy lejos, pero no sé adónde voy. O cuando el sol poniente está por ocultarse y la luna naciente estalla desde el horizonte, la luz de las nubes resplandece en todas direcciones y el púrpura y el azul chispean en el cielo y los picos distantes y los cercanos cambian e matiz, de oscuro claro, en breve instante. O quizás en medio de la noche escucho el sonido de las campanas del templo y el rugido de un tigre, seguidos por una  ráfaga de viento, y como está abierta la puerta del salón principal del templo me pongo la túnica y me levanto y, ¡ah!, allí está reclinado el Espíritu de la luna y algunos restos de la última nevada cubren las ladeas superiores, la luz de la noche yace como una masa blanca e indefinida, y las montañas distantes presentan un contorno apenas visible.

[...]

-¿Por qué vagas así, si amas el Tao?
- ¡Oh, no! No confundas mis andanzas de vagabundo con el Tao –responde Mingliaotsé- , estaba cansado de las restricciones de la vida oficial y las molestias de los asuntos mundanos, y viajo tan sólo para librarme de ellas.

[...]

Aunque en un tiempo de mi vida fui funcionario, no tenía propiedades ni riquezas, fuera de unos pocos libros. Al principio viajé con estos libros, pero temeroso de que causaran envidia a los espíritus del agua los arrojé al río. Y ahora no tengo nada más que este cuerpo. ¿No perdura, pues, para mí el encanto de la vida, cuando han desaparecido mis cargas, cuando lo que me rodea es la calma, cuando está libre mi cuerpo y ocioso mi corazón?

Lin Yutang
La importancia de vivir
Barcelona : Edhasa, 2004.
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