Caminos ancestrales II : Hacia Willoc, tierra de Wayruros

miércoles, 3 de agosto de 2011

Dicen que al cielo se entra caminando y esta vez el camino me llevaría a otra parte de este cielo llamado Perú. Era hora de continuar con mis andanzas por los alrededores de Ollantaytambo; esperaba por mí un pueblo en el que se viaja al pasado sin necesidad de meterse en la máquina del tiempo y luego una ciudadela inexpugnable que desde lo alto de unas montañas sigue guareciendo entre sus paredes un gran secreto...

Caminando hacia otro tiempo

La meta del día era llegar a los dominios de los WAYRUROS: el pueblo de WILLOC en las alturas del valle del Patacancha. Ya en la plaza de Ollantaytambo empieza el contacto con los Wayruros pues no es raro verlos hacer fila para inscribirse en los padrones que los acreditarán como porteadores del CAMINO INCA. Seguramente más de un viajero que se haya aventurado por el famoso camino los ha visto: ponchos rojos, sombreros de lana de oveja, pantalón de bayeta, ojotas y sogas atadas al cuerpo, cargando pesados bultos por alturas imposibles como si tal cosa. Pero es bueno saber que estas personas son más que simple porteadores; ellos pertenecen a una cultura que mantiene viva una de las más exquisitas expresiones artísticas (de la que hablaré más adelante) de los antiguos peruanos.

Tejedora de Willoc
Niña de Willoc
El único transporte para llegar a Willoc es la combi en la que viajan los profesores que van desde Ollantaytambo y que sale a las 06 y 45 am desde la plaza. Don Jorge Rojas, dueño del mini market INKA MISANA (204200 - 9943577), me dijo que esa combi se iba a demorar en salir y posiblemente no habría en ella espacio para mí; me recomendó averiguar por algún carro particular que estuviera por ir. No había ninguno. La otra posibilidad era un taxi pero me iba a salir carísimo así que me pareció un buen pretexto para caminar por los muchos kilómetros que separan a ambos pueblos. No estoy seguro pero me parece que eran más de 15. Así que me fui hasta el Patacancha, río que cruza Ollantaytambo y está al lado de la estación de tren, y empecé la subida que afortunadamente no es tan empinada.

Los árboles meciéndose a esa hora tan fresca; el rumor del río, que casi me hablaba; y el extraño silbido de alguna ave (que parecía ser la de una persona silbándome para que voltease a verla) fueron mi compañía por mucho tiempo. En un momento el terreno se amplió y pude ver, al lado izquierdo, una gran andenería que tenía en el medio de su estructura una inmensa y perfecta canaleta por donde seguro, en otros tiempos, bajaría el agua hacia el río Patacancha. Según el Google Earth este lugar se llama MACHACANCHA. En algunas partes del camino me crucé con algunos de los WAYRUROS que bajaban hacia sus campos o hacia Ollantaytambo. Sus hermosos ponchos rojos y sus peculiares sombreros resaltaban en medio del color verde de los campos, lo cual los hacían notar a mucha distancia. Luego de una hora de caminata me alcanzó la combi de los profesores. Les habría pedido una "jalada" pero me sorprendieron ocupado poniéndome unas vendas en los pies y además el carro estaba lleno. Estaba disfrutando tanto la caminata que me importó muy poco que se fueran.

Terrazas de Machacancha
Caminando hacia Willoc



Más arriba, conocí a don Valetín quien resultó ser un hombre muy simpático; me dio algunas indicaciones y me dijo cómo podía llegar a unas ruinas (PUMAMARCA) que estaban en el camino y que también me interesaban conocer. 2 horas después de haber iniciado la caminata apareció una camioneta blanca y le levanté el dedo, se detuvo y me “jaló” por los últimos 3 kilómetros. Eran un par de señores que venían de Ollantaytambo y se iban a PATACANCHA (un pueblo ubicado más arriba de Willoc) llevando unos cilindros. Me bajé en Willoc y ellos siguieron camino.

Willoc: en tierra de los Wayruros

Por fin estaba en este pueblo tan desconocido para el turismo masivo y tan querido para los pocos visitantes que tienen la suerte de conocerlo. Pero ¿qué hace tan especial a esta aldea de apenas 800 habitantes? Sin lugar a dudas su bien preservada tradición textil ya que en las manos de sus pobladores se conservan técnicas cuyos orígenes se pierden en el tiempo y las herramientas que se usan para crear estos prodigios son los mismos que se han usado desde hace cientos de años. Me fui al CENTRO ARTESANAL que es un local muy espacioso en el que se puede apreciar y comprar los bellísimos trabajos que hacen los pobladores. Es un exquisito muestrario de imaginación y arte: una variedad inacabable de modelos, texturas delicadas, figuras abstractas, emblemas extraños y demás formas que son un gran derroche de imaginación. Y si sumamos a todo esto el tiempo que cada mujer necesita para hacer una pieza la hace algo digno de admiración. Pero la cosa no acaba allí, lo mejor de todo es que los tintes son naturales y los diseños irrepetibles; es decir, si compras una bufanda puedes estar seguro o segura que es una pieza única y que no se volverá a hacer algo parecido; aquí, la originalidad sobra. Me compré un par de bufandas por 50 soles cada uno…. ¡y hasta ahora no dejo de mirarlos! Sin lugar a dudas, es aquí donde se producen los más finos textiles que haya visto en el “Valle Sagrado”

Entrada a Willoc
Centro artesanal de Willoc

Centro artesanal de Willoc
Centro artesanal de Willoc
Niños de Willoc
Niños de Willoc
Luego caminé por el pueblo que si bien no tiene construcciones muy bonitas y todo es bastante rústico vale la pena andarlo pues no es raro ver en la puerta de las casas a las mujeres trabajando con sus “telares de suelo” que consisten en dos estacas clavadas a la tierra y que son dispuestas en la forma y tamaño que tendrá el tejido que se desea confeccionar. Caminando por una calle encontré a un par de señoras conversando tranquilamente. Las interrumpí y fue algo complicado entenderse porque su idioma era el quechua del que (para mi vergüenza) solo conozco algunas palabras. Con señas le pedí a una de ellas que me muestre sus trabajos y me llevó hasta su casa. Se llamaba Elinda y estaba trabajando en un ponchito para su hijito Guido que jugaba en el patio de la casa. Hacer esa pieza le iba a llevar 3 meses. Cuando la vi allí dispuesta a trabajar para mostrarme su arte no lo podía creer. A veces son muy recelosos con eso y no te permiten entrar a sus casas o se alejan de los extraños por lo que el momento a mí me supo a gloria. Vi sus manos tejiendo, enhebrando los filamentos, haciendo aquello que yo había venido a ver: un arte vivo, infinito, aprendido de sus antepasados, sin intervención alguna de un rudimento moderno o artificial. Elinda usaba un hueso de llama para escardar la tela; sus manos casi se movían de memoria, como guiadas por una sapiencia perenne, como si alguien le dictara lo que debía crear desde otro tiempo, otro lugar. ¡Pensar que así se hacían sus ropas los antiguos peruanos hace cientos de años! Más tarde llegó Elías, el otro hijo de Elinda. Era un poco más mayorcito y jovial y entendía el español; él me tomó una foto junto a su madre y hermano.

Elinda - Willoc

Hueso de animal para escardar
Guido, hijo de Elinda
Junto a Elinda y Guido
Luego de dejar la casa me fui al campo de futbol del pueblo y allí vi gente trabajando. Trasladaban unos bloques de adobe y lo interesante era que las personas que hacían este trabajo eran solamente mujeres. Una vez más el rojo constante en todas las prendas. Me preguntaba ¿Cómo es posible que no haya variado en tantos cientos de años? Y vino a mi la respuesta recordando las lecturas de Garcilazo de la Vega, quien contaba: “Era ley inviolable no mudar cada uno el traje y hábito de su provincia, aunque se mudase a otra, y para el buen gobierno lo tenía el Inca por muy importante…”.

Mujeres Wayruro trabajando - Willoc
Mujeres Wayruro trabajando - Willoc
Niña de Willoc
Después me fui al colegio del pueblo y tuve la suerte de encontrar a los niños jugando en el patio. Vestidos también como los mayores. Esas vestimentas tan hermosas que ellos usan es algo tan normal en su día a día y pensar que en muchas otras ciudades y lugares más turísticos se ponen las mismas ropas para hacer números artísticos para los visitantes. Aquí no había puesta en escena alguna para satisfacer mi ojo foráneo, no; aquí había originalidad y tradición y yo tenía la suerte de estar allí para disfrutarlo. Los niños me sonreían, me saludaban, me pedía ver las fotos en la cámara. Fueron sencillamente geniales.

Niños de Willoc
Niño de Willoc
Niña de Willoc
Niña de Willoc
Niños de Willoc
Desde Willoc es más fácil conseguir carros hacia Ollantaytambo (2 soles el pasaje, según me dijeron) aunque yo no conseguí ninguno. Empezó a llover con algo de fuerza e inicié el regreso hacia Ollantaytambo. Llevaba ya andado unos 4 kilómetros cuando vi un par de edificios incas: eran las ruinas de MARKACOCHA de las que había oído hablar. Más abajo el camino cruza un pueblo que tiene el mismo nombre y donde hay una pequeña iglesia cuyo interior se dice está decorada con cientos de cráneos humanos. No encontré a nadie para confirmarlo. Al lado hay un cementerio pequeño.
Camino de regreso de Willoc a Ollantaytambo
Ruinas de Markacocha
Iglesia de Markacocha
Seguí caminando y me dio algo de hambre pero no tenía muchas cosas para comer y en los anexos por los que pasé no encontré ninguna tienda. En estas estaba cuando he aquí que alguien dijo “¡Pablo!”… era Valentín a quien había conocido en el camino de subida; estaba junto a unas señoras, una de las cuales vendía chicha. Sin pensarlo mucho me pedí un vaso inmenso de chicha de jora y me senté a conversar con esta gente quienes muy gentilmente me dieron unos datos por si me animaba a subir hacia las ruinas de PUMAMARCA y los andenes de CHOQUEBAMBA.

En el camino de regreso a Ollantaytambo me encontré con Valentín tomando chicha de jora con unas señoras
Yo lo dudaba porque como alimento solo tenía una barra energética y casi nada de agua. Además había planeado hacer la caminata a Pumamarca al día siguiente… pero allí estaba el camino y un sendero que se abre siempre es siempre una gran tentación para un caminante. Caí en la tentación y allí me fui.

Continuará…

Pablo

2 comentarios:

Rosario Orjeda dijo...

Pablo, me encanto tu nota!! yo he estado dos veces en Willoc y este ultimo fin de semana hicimos la caminata a Pumamarca, bellisimo el paisaje y las ruinas me gustaron mucho.

Pablo Solórzano dijo...

Hola Rosario, mil gracias por tu comentario y tu visita. Me alegra mucho que hayas visitado Willoc, es un pueblo con una cultura increíble y ancestral. A mí también me encantaron las ruinas de Pumamarca, son como una pequeña joya desconocida. Qué ganas de volver al valle me ha dado. Saludos y esperamos verte por aquí de nuevo.

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