La primera vez que vine a CAJAMARCA tenía 16 años. Era el destino de nuestro viaje de promoción que es como le llaman en Perú al viaje con el que se celebra el final de la educación secundaria; así que allí fuimos todos, alumnos y alumnas, profesores y hasta alguna celosa madre de familia que quería tener vigilada a su hija. Aunque era un adolescente alocado e inseguro, como casi todos los púberes, y lo sigo siendo, llegué a esa ciudad con más ganas de estar detrás de las chicas, conocer todas las discotecas y vivir todo aquello que en casa no se podía vivir; nada nuevo bajo el sol. Pero, al mismo tiempo, no era tan insensible como para no darme cuenta que Cajamarca era una ciudad bella, tranquila y llena de encantos. Sus edificios coloniales, la campiña que la rodeaba y la paz que ella se sentía me hechizaron y cuando volvimos a Lima tuve la misma pena que sentía cuando las infantiles vacaciones en Ayacucho se acababan.
A modo de cerrar el círculo de nuestro recorrido por el CIRCUITO TURISTICO NORORIENTAL PERUANO, que nos había llevado desde Chiclayo, en la costa peruana, hacia la selva en lugares como Moyobamba y Tarapoto, para continuar por los inicios de las sierras en Amazonas, llegamos a Cajamarca después de un largo y fatigoso viaje que se había iniciado en el pueblo de LEYMEBAMBA, en el departamento de Amazonas, y en el que conocimos el alucinante descenso que se inicia al pasar el “abra” Barro Negro y que acaba en el cálido poblado de Balsas. Teníamos mucha curiosidad por estar en Cajamarca, ya lo conocíamos pero esta vez la motivación no era solo volver a ver lo bueno que ese lugar tuviera por ofrecer sino también ser testigos de todo aquello que se hablaba sobre el sitio: una ciudad que en los últimos años había sufrido un cambio tremendo por la riqueza mineral encontrada en las profundidades de sus tierras aunque ese “boom” económico había producido también muchas fricciones y enfrentamientos entre distintas partes de la sociedad.
Pese a haber vuelto después de 15 años, y con ojos más receptivos, pude notar que la belleza y encanto de muchas cosas en Cajamarca seguían intactas. Lo que había cambiado, y mucho, era el ambiente o la atmosfera del lugar. Cuando vine aquí en el viaje de promoción no recuerdo haber visto gente en las plazas con pancartas y panfletos que arengaban a oponerse a la minería, el supuesto motor del avance económico de Cajamarca, ni haber visto tanta miseria y pobreza en uno de los lugares supuestamente más boyantes del norte peruano. Creo que en todo nuestro periplo por el nororiente peruano no vimos tanta mendicidad ni campesinos, que con ojos desesperados, se nos acercaran para pedirnos una moneda. Así que esta era la prospera Cajamarca, lugar que es resumen de la historia peruana y donde las fricciones y choques entre mundos muy distintos e intereses dispares se siguen dando como se dieron desde hace cientos de años en que se vieran cara a cara incas y españoles. Justamente el lugar en donde se dio ese encuentro es el lugar ideal para iniciar la visita de la ciudad: la Plaza de Armas que es como le llamamos en el Perú a las plazas centrales o mayores de todas las ciudades o capitales.
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| Plaza de Cajamarca. Perú |
Quién diría que en este lugar tan sosegado y rodeado de la belleza arquitectónica de sus iglesias y en donde los cajamarquinos vienen a charlar y sentir el rumor de la vida fluir sin apuro, fuera el mismo sitio donde en 1532 se vieron las caras Atahualpa y Pizarro y se iniciaría así uno de los grandes holocaustos humanos y uno de los desfalcos más grandes que la Historia pudiera recordar. Y de esa choque sangriento, violento, pugnaz, es que nace lo que se puede ver hoy: un país-mezcla, un país dislocado, fragmentado, que arrastra las mismas taras y prejuicios desde hace mucho, que sigue aludiendo a su diferencia entre sus mismos habitantes; un país fascinante, trágicamente hermoso, salvaje y bello, contradictorio y delirante. Por más que muchos quieran insinuar que lo nuestro es puramente inca, y muchos otros, que no tenemos nada que ver con lo inca sino que vivimos abiertos al mundo occidental y que “lo nacional” ya se ha quedado desfasado, es inevitable reconocer que tenemos de ambas cosas y que de esa mixtura caótica ha nacido lo que somos: ni puramente incas, ni puramente occidentales; más bien, peruanos.
Los jardines primorosamente cuidados, las flores de colores encendidos, las casonas de dos plantas con pequeños balcones adornados de tiestos, la alegría de niños juguetones que corren sobre el césped saltando sobre los cuerpos de sus padres que retozones se echan a descansar; todo en esta plaza hace olvidar por un momento la violencia del tiempo, de los hechos, de las incertidumbres.
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| Plaza de Cajamarca. Perú |
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| Cajamarca. Perú |
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| Cajamarca - Perú |
Allí se ubican lo que deben ser las dos iglesias más hermosas del norte del Perú: la Catedral que por no tener campanario tiene una imagen achaparrada aunque su fachada es una delicia en donde se aúnan exquisiteces barrocas, hornacinas, arabescos y retorcidas columnas; y, al otro lado de la plaza, emergen las torres de la iglesia de San Francisco, una hermosa obra arquitectónica completamente tallada a mano en cantería. En las noches de fin de semana ambos edificios se iluminan y es un gusto verlas así, resplandecientes, fulgurantes.