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Las Lomas de Lachay, otro milagro verde en el desierto

lunes, 7 de marzo de 2011




Ya había contado en un post anterior sobre LAS LOMAS y su aparición como un milagro verde en medio del extenso desierto peruano. Bueno, este es un relato sobre la primera vez que iba a ser testigo de este prodigio por ende no imaginaba lo que me esperaría. Ojalá les contagie las ganas de tomar la mochila y la carpa para ir a esta maravilla de lugar…

Habíamos salido de Lima hacia el norte chico y luego de alejarnos 105 kilómetros de la capital, durante poco más de una hora, el chofer nos avisó que habíamos llegado al sitio donde empieza el camino hacia la entrada de la Reserva Nacional Lomas de Lachay. El bus continuaría su camino hacia Huacho, más al norte.

Así que de pronto estábamos en medio del desierto y lo único que nos daba la certeza de que llegaríamos a las Lomas era un aviso pintado en azul, sobre una pared desconchada: A LAS LOMAS DE LACHAY. Un momentito, pensé, yo he leído sobre este sitio y he visto fotos impresionantes: mucho verdor, mucha neblina; no me vengan ahora con esto de estar en un desierto pedregoso donde el silencio es tal que hasta se puede sentir el veloz reptar de las lagartijas camufladas en el color arena del suelo. ¿Es que por este camino sin vida se llega a alguna parte? Ok, ok, mejor no quejarse y dejemos que el Perú nos vuelva a sorprender. Entonces vamos que no hay mejor forma de conocer este país que caminándolo.

Al rato notamos un tímido verdor que empezaba a manifestarse en el interminable tapiz del desierto. Vaya, vaya, parece que vamos por buen camino. Seguimos en la charla y ya después de una hora el cambio es notorio. La arena cede paso a un frágil verdor y la sospecha de que se está saliendo de una dimensión estéril para sumergirse en una fértil es evidente.




Las lomas de Lucumo: un milagro verde en Lima

martes, 15 de febrero de 2011



El 6 de enero de 1535, Ruy Díaz, Juan Tello de Guzmán y Alonso Martín de don Benito partían desde el santuario de Pachacamac, en el valle del río Lurín, comisionados por Francisco Pizarro, hacia el norte. El fin: encontrar un buen lugar donde fundar la capital del futuro virreinato del Perú. Así, llegaron hasta el valle del río Rimac ("el hablador") y encontraron el Valle de las Pirámides, el mayor de todos los conocidos en la costa. Escogieron ese lugar para fundar Lima, la futura gran capital del virreinato, por encontrarla llena de todas las bondades que se necesitaban: "buen viento, buena agua, buena hierba, buenos bosques".

En setiembre del 2010, nosotros hacíamos  el camino inverso: desde el valle del Rímac hacia el valle de Lurín y no precisamente por querer buscar un lugar para fundar una ciudad sino más bien para huir de la que ya se había fundado y con la esperanza de encontrar precisamente lo que aquí ya casi no hay: "buen viento, buena agua, buena hierba, buenos bosques".

GRIS

Los meses de invierno en Lima son para muchos interminables (Julio – Noviembre, más o menos). No es muy frío, no hay nieve ni nada por el estilo; el único fenómeno, a parte de los temblores, es la eterna llovizna cuyas gotitas caen incesantes sobre tu cara, como miríadas de mosquitos. Caen desde ese cielo sin cielo limeño, inmenso en su tono grisáceo, sin un solo destello que altere su plomiza homogeneidad. La neblina sube desde el mar, atraviesa los acantilados y como una serpiente transparente constriñe con su húmeda piel a la ciudad. La vida, en apariencia, pasa lenta y abúlica.

Foto del blog http://descubriendolima.blogspot.es/
Sin embargo, así como esta neblina hace posible que crezca esa melancolía tan típica en los corazones limeños permite también, y desde hace muchos miles de años, el milagro del verdor en medio del color arena interminable de las costas peruanas, uno de los desiertos más áridos del planeta, dicho sea de paso. Estos espacios verdes podrían ser consideradas como "oasis nacidos de las brumas": Las Lomas.

UN MILAGRO VERDE

Pero ¿cómo es que nacen estos bolsones de verdor? La gran Bárbara d´Achille dice: "Por efecto de la condensación de la neblina que viene del mar, la cual, llevada por los vientos alisios, asciende por las pendientes andinas. Al encontrase con las ráfagas que descienden de los altos picos, la capa de nubes descarga su humedad en el desierto" permitiendo de este modo que la vida sea posible en este lugar. Esta vegetación es estacionaria, es decir sólo podrán ver su esplendor si van entre Agosto y finales de Octubre, justo los meses más "grises" de la costa peruana. Si van en verano lo único que observarán es desierto, piedra y tierra.

Al tapizarse de ese verde delicado, estos cerros empiezan a llamar la presencia de pumas, guanacos, venados, palomas, picaflores, perdices, cardenales o turtupilínes y el pajarillo de pecho rojo y cresta negra, los cuales llegan hasta aquí atraídos por esa riqueza de alimento, si bien, efímera, no por ella menos ubérrima. Así, la vida llama a la vida.


Hubo un tiempo en que casi toda la costa peruana tenía abundancia de estos espacios que eran manejados racionalmente por quienes las habitaron desde los 5 a 4 mil AC. Se sabe que en estos lugares podían obtener una buena variedad de alimentos: plantas y animales a los que cazaban en los famosos "chacos", es decir, cercaban una zona e iban gritando y avanzando de a pocos para reducir el espacio hasta que podían coger los animales de manera muy fácil. Mataban a los machos, soltaban a las hembras y si eran vicuñas pues las esquilaban y las dejaban en libertad.

Pero lamentablemente las lomas sintieron el impacto en sus frágiles sistemas con la llegada de bestias de carga pesada y ganado caprino traídos por los conquistadores que sobrecargaron las posibilidades de pastoreo y por el uso frecuente que se hizo de estos espacios para adquirir leña y forraje (aún hasta hoy) lo cual casi los condena a la total extinción.

EL VALLE DE LURIN: EL ULTIMO PULMON DE LIMA

Lima es una ciudad "vegetariana": verdor que ve se la traga. Está cruzada por tres valles, dos de las cuales, el Rimac y el Chillón, están perdidas por la contaminación y la urbanización desmedida. Modernidad que le llaman. El último que aún nos queda en cuidados intensivos es el valle de Lurín que sin embargo ya ha sufrido los embates del "desarrollo" en más de un 16% de su territorio.

Si bien el valle es extenso y sólo su parte baja y media cuenta con caminos incas y casi 300 restos arqueológicos, grandes espacios para la práctica de la bicicleta de montaña, el parapente y el rapel, nos concentraremos sobre todo, en uno de sus mayores atractivos: Las lomas de Lúcumo. Para llegar allí  y apreciar todos sus encantos y misterios sólo es necesario un viaje de 45 minutos que nos permitirá apreciar cómo es que todo cambiará radicalmente; como sí uno se hubiera ido a otro mundo, a uno imposible de concebir en medio del desierto.

Para ello tomamos en la carretera Panamericana Sur (pasa por Miraflores a la altura del “puente Angamos”) uno de los buses de la ruta SM – 18 que van a San Bartolo, (3.50 soles) y que en 40 minutos, y luego de haber pasado cerca al famoso Santuario de Pachacamac (que luego conoceremos) y las no menos famosas chicharronerías de Lurín, te dejan en el cruce de la antigua Panamericana Sur con la avenida Paul Poblet (Paradero "Cruce"). Allí mismo salen las combis (también hay “colectivos) que por 1 sol te llevan en 10 minutos al bonito y tranquilo pueblo de Pachacamac (no confundir con las ruinas).

PACHACAMAC PUEBLO

Ya desde la época colonial este poblado era muy reconocido, el veedor de la colonia  Miguel de Estete dijo que "este pueblo de Pachacamac es gran cosa", refiriéndose a las grandes construcciones que en aquella época había. Hay que pasear por sus callecitas para experimentar la tranquilidad dominguera y olvidarse de que se está a menos de una hora de la gran urbe. En la plaza tienen una bonita pérgola de madera que la adorna y en uno de los lados está la iglesia de San Salvador que data del siglo XVIII, hecha en adobe, con bóveda de cañón corrido, de una sola nave y dos torres.




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